martes, 13 de octubre de 2009

La batalla de Luz y Fuerza

Día con día
Héctor Aguilar Camín
12-oct-2009

La liquidación de Luz y Fuerza del Centro abre un espacio de forcejeo político y una batalla de creencias.
El forcejeo político puede convertirse en una protesta mayor. La convicción del sindicato es que aquí puede empezar el estallido social pregonado, con fruición o con miedo, por diversos agoreros de las simetrías del Bicentenario de la Independencia (1810), el Centenario de la Revolución (1910) y Lo que viene (2010).
Según la dirigencia sindical, al liquidar la compañía Luz y Fuerza del Centro, el gobierno se da un golpe a sí mismo y a la estabilidad del país.
El cumplimiento de la profecía del sindicato parece remoto, pero hará mal quien desestime el tamaño del agravio que la decisión puede infligir a creencias arraigadas en los mexicanos.
Aquí se reedita, con decisiones de trascendencia incuestionable, la disputa entre las creencias corporativas del nacionalismo revolucionario y las estrategias que genérica y despectivamente suelen llamarse neoliberales.
De un lado la creencia en el sindicalismo mexicano como un bastión de conquistas históricas de los trabajadores y del pueblo, pese a sus notorias deformidades; del otro lado, la decisión de sanear económica e institucionalmente la empresa pública menos presentable del país.
De un lado, la defensa de la relación histórica del gobierno con los sindicatos públicos, aunque sea lesiva a la empresa; del otro, la decisión de cortar la complicidad del gobierno con estos sindicatos improductivos.
De un lado el acuerdo histórico de respeto a la autonomía sindical, aunque sea el respeto a elecciones fraudulentas y a dirigencias irremovibles; del otro, un hasta aquí al chantaje que rige las relaciones políticas del gobierno con sus sindicatos.
De un lado la militancia ideológica de pregonada izquierda, aunque con prácticas conservadoras inaceptables para cualquier izquierda democrática; del otro, la búsqueda de liderato y autoridad de un gobierno en minoría, que ha tomado una decisión de fondo.
La pregunta política fundamental es cuánta pasión y cuánto agravio puede infligir la acción del gobierno a la sociedad por este ataque al centro de las costumbres políticas. Del otro, cuánto apoyo y cuánta simpatía puede suscitar esa misma acción o, en su defecto, cuánta indiferencia, ya que el sindicato en cuestión no es el favorito de los usuarios, ni los derechos sindicales el tabú preferido de la vieja cultura política.
Puede anticiparse esto: la pelea no terminará por nocaut.

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