Macario Schettino
25 de septiembre de 2009
Discutimos hoy nuestros problemas como si fuesen nuevos, como si por generación espontánea hubiesen aparecido, como si todo nos viniera de fuera, importado por los desclasados, los traidores, los malos mexicanos. Pura imaginación: hoy cosechamos lo que hemos sembrado, nada más, nada menos.
El régimen de la Revolución Mexicana se construyó sobre una base corporativa, consistente en sindicatos creados desde el mismo grupo ganador de la guerra civil, en centrales agrarias (campesinas) hechas por ellos mismos, en empresarios asociados con ellos y en intelectuales dedicados a cantarles loas y reescribir la historia en su beneficio. Sostener a esos grupos era costoso, pero de eso dependía la supervivencia del régimen, de forma que toda la estructura económica de este país se construyó con ese objetivo. Nunca para crecer, ni para terminar con la pobreza, ni para alcanzar la justicia social, como tantas veces se dijo en el transcurso del siglo. Todas y cada una de las decisiones tomadas en México desde 1935 en adelante tuvieron como objetivo primordial la supervivencia de ese régimen corporativo.
Cuando hoy se quejan de la corrupción imperante en México no queda más que sorprenderse. ¿Qué esperaban? La construcción de un régimen premoderno, como lo fue el de la Revolución, implica características que, desde la visión moderna, son corruptas, pero que desde la premodernidad son simples requisitos indispensables. Para los ganadores de la guerra civil, era inimaginable no cobrar sus servicios a la patria desde el gobierno. Por eso todos los ganadores se convirtieron en flamantes empresarios, asociados con antiguos ricos o financiados con los dineros del erario. El primer millón de pesos que perdió el Banco de Crédito Agrícola fue en un crédito al ex presidente Obregón, que nunca pagó. Baste como ejemplo.
El patrimonialismo, es decir, la concepción del gobierno como un patrimonio de quien se encuentra en él, fue normal en los tiempos previos a la modernidad, en todas partes. Desde nuestra perspectiva actual, es corrupción. Y no se agota en los viejos métodos de simplemente tomar el dinero público, robo vil, sino que se institucionaliza en la utilización de todas las herramientas del Estado para sostener al grupo que, con las armas, había alcanzado un poder que sólo dejaría frente a otras armas, como claramente dijo el hombre que encarnaba al régimen: Fidel Velázquez.
Digo que todas las decisiones que se tomaron tenían como objetivo la preservación del régimen, y no el crecimiento del país o la derrota de la pobreza. Esto significa que todas las instituciones creadas por el régimen de la Revolución han tenido como objetivo primordial el mantenimiento de ese régimen corporativo, así de manera tangencial hayan podido ofrecer algún beneficio al país. Por eso no debería sorprender a nadie que Pemex, más que ser un pilar del desarrollo, sea una fuente de corrupción e incompetencia, lo mismo que las empresas eléctricas. No debería sorprender a nadie que el IMSS esté quebrado, puesto que así lo estuvo desde su misma fundación. No debería sorprender a nadie que los jóvenes mexicanos sean convertidos en inútiles mediante un sistema educativo construido precisamente para eso: para reproducir al régimen mediante el autoritarismo en el salón de clases y la repetición como mecanismo destructor de toda creatividad y pensamiento crítico.
¿Que el gobierno gasta mal? Claro, si sobra la mitad de los trabajadores de Pemex y toda Luz y Fuerza del Centro; si con lo que nos cuesta el sistema educativo deberíamos tener el nivel de Europa mediterránea, y nuestras universidades públicas deberían producir más que las españolas; si con lo que invertimos en el campo debería ser imposible que hubiese pobres en él. Pero estos malos gastos no lo son, vistos desde la premodernidad, y por eso tantos mexicanos, dañados por ese sistema educativo, creyentes en los mitos revolucionarios, siguen y seguirán defendiendo a ese Estado patrimonialista, corrupto y corruptor, pero nacionalista revolucionario.
Los problemas del México actual son resultado de un régimen político construido para controlar a una nación de perpetuos adolescentes, a quienes se les extraían rentas para financiar con ellas a los grupos corporativos. Cuando estas rentas fueron insuficientes, se apeló a la deuda externa, y después al petróleo. Durante todo ese tiempo, el daño al país fue creciendo, hasta llevarnos al borde de la destrucción del Estado, que es en donde estamos hoy.
Todos (nadie) son responsables de lo que ha pasado. Porque todos soportaron a ese régimen por décadas, y porque todos celebraron las grandes victorias de la Revolución Mexicana, y lo siguen haciendo. Se niegan a entender que se ha tratado de un gran engaño, que sólo puede enfrentarse aceptándolo como tal. Fuimos engañados durante el siglo XX y nos mantuvimos en la perpetua adolescencia, derrochando las pocas riquezas de este país.
Necesitamos responsabilizarnos, actuar como ciudadanos, hacernos cargo de nuestras obligaciones. Necesitamos destruir esa Revolución Mexicana que nos tiene derrotados al interior de nuestras mentes, para alcanzar la victoria fuera de ella: un país del que podamos sentirnos orgullosos.
www.macario.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
domingo, 27 de septiembre de 2009
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