14-Sep-2009
Pedro Ferriz
Somos ciudadanos educados bajo el constante mensaje de nuestros derechos. A la salud, educación, vivienda, expresión, respeto, alimentación, trabajo. Un boleto gratuito al bienestar… que si bien resulta una noble pretensión, en la práctica no es asequible si no se acompaña por un mensaje pertinaz, que nos haga conscientes de nuestras obligaciones con la patria. Sé que ésta nunca nos ha demandado que demos la vida por ella. Trabajo para su reconstrucción. Los mejores afanes de la voluntad. El arrebato de un fanatismo hacia su culto. Pero el hecho es que en la lista de prioridades, México no figura en lo alto de la tabla. Lo damos por descontado. El suelo en el que nacimos, nos regala privilegios, pero nunca nos exigió nada a cambio de sus bondades.
Hay tres tipos de mexicano. Los que pagamos impuestos y nos podemos sentar a la mesa a exigir cuentas. Los que no pagan, pudiéndolo hacer… por su poder o mimetismo. Los que no colaboran con “la causa”, al estar marginados de educación, capacidades y oportunidad. Los primeros somos el motor. Los segundos la vergüenza. Los últimos son… los últimos. Desde que “La Conquista” impuso su ley a sangre y fuego, los primeros de este suelo, se volvieron… los últimos. Encaremos el hecho de que en México se vive una profunda, ignorada, acendrada y extendida discriminación racial. Ubicar lo que compartimos. Unificar la sangre. Hacer un genoma compatible, resulta urgente. Dejemos de ver a semejantes como menores. No condenemos a los pobres a la indolencia. A la irresponsabilidad. El paternalismo de Fray Bartolomé de las Casas me resulta indigno para el siglo XXI. Sigue presente la misma pregunta que se hacía de nuestros aborígenes sobre si tendrían alma. Hoy “los sin alma” son la rebanada más grande de la base no gravable.
Por lo que toca a los que nos corresponde hacer algo, por el solo hecho de que pensamos fuera de los límites del presente. Llegó el momento de hacer a un lado el conocimiento, para entrar a fronteras de la imaginación. Hemos intentado —no con mucho afán— resolver nuestra crónica apatía. Pareciera que no hay cura. En éste, que sin duda es el momento más oscuro que me ha tocado vivir de mi México, propongo tomarlo como el fin de una época. Sepultemos la desunión que marchita propósitos. Reciclemos pensamientos, que por repetidos, nos llevan a los mismos paisajes de pretendidas soluciones. Brasil —que está saliendo de su conquista— ya se entiende como una sola raza. Los blancos, negros y mulatos, antes que otra cosa son “brasileiros”. Lula —que es de izquierda— ha sabido usar el pragmatismo de generar riqueza, basado en capital. Su pueblo crece. Su moneda es fuerte. Su gente refleja denominación de origen. Todos jalan. Estados Unidos puso en la Casa Blanca a un Presidente negro. Hombre que trabaja, hasta para los que lo ven con desprecio. Putin promueve bienestar, lo mismo para güeros caucásicos o mongoles de ojo rasgado en linderos de China. Angela Merkel exige a afroalemanes, la responsabilidad de impulsar a Deutchesland, en aras de conservar su estatus del primer país de Europa. México no sale de una visión segmentada. El rico, es rico y abusivo. El que no ha llegado ahí, se mimetiza para no hacer ruido, pero tampoco cuerpo. Y el jodido: ha sido, es y seguirá siendo “el jodido”. Hasta que reventemos todos en la desunión. Los que estamos bien, regular o mal. Y recordemos. Para definir a un jodido habrá muchas maneras. Yo encuentro una: Es aquel que no está en condiciones de ayudarse, ni hacer nada por los demás. ¿Tenemos derecho entonces para quejarnos de los recursos que ha empleado “el jodido” cuando lucha —a su modo— para desterrar sus males?... ¡Piénsenlo! Hacer responsables a todos los mexicanos por México, sin estúpidos paternalismos, es la prioridad. Las limosnas son para el diablo. De la vergüenza, hablaremos otro día.
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